Dentro de mí vive un culpable.

LA RETROFLEXIÓN 

“A la larga cualquier contacto interpersonal es mejor que una retroflexión”

 El movimiento sano de la energía es el que la compromete con el entorno del que somos indivisibles, la que se compromete en una expresión plena al servicio de la acción que hace posible el contacto y la satisfacción de nuestras necesidades. Si embargo dentro del ciclo del que forma parte la energía no siempre se da de forma fluida, se interrumpe. En este sentido la retroflexión, es uno de los mecanismos que utilizamos las personas para autointerrumpirnos el contacto tanto con el entorno como con nuestro interior. La forma en la que actúa la retroflexión es como una vuelta hacía uno mismo de la energía que inicialmente era dirigida al entorno. La retroflexión también es la manera con la que distorsionamos el movimiento espontáneo del cuerpo.

La retroflexión es la interiorización de un conflicto que inicialmente era del entorno y ahora es con uno mismo. Detrás de una retroflexión hay lo que llamamos en Gestalt, un introyecto, una creencia limitante, una generalización del vínculo con los padres o personas significativas de nuestra infancia; el niño en algún momento, en la expresión genuina de sus necesidades, se encontró con la falta de apoyo de los padres en la movilización para la acción y/o al completar la expresión se encontró además de falta de apoyo, con frustración. El entorno del niño es hostil a la expresividad de determinadas emociones en el que los padres, por su propia biografía y frustraciones que vivieron, se experimentan como incapaces de reconocer las emociones del niño y por lo tanto, legitimarlas y alojarlas, creando con  ello un espacio de contención. De adulto uno no puede sostener las emociones que resultaron insoportables para sus padres. Una de las dificultades que entraña la retroflexión es que uno no sabe que retroflecta porque hace mucho que lo olvidó y se transformó en un hábito que está fuera de nuestro darnos cuenta.

En relación con la interiorización de un conflicto que no era del niño, la retroflexión se configura como un mecanismo de autopunición (“dentro de mí hay un culpable”). En este sentido está ligada a lo que conocemos como polaridades, el que retroflecta y el retroflectado, el que lo inflinge y el que lo soporta, que en ambos casos es uno mismo, “una contienda librada en el interior de la persona”.

Las emociones y actitudes para con uno mismo vinculadas con la retroflexión son el miedo a la frustración, los remordimientos, la culpa (por ejemplo al sentir agresividad o venganza hacía un ser amado), la autoacusación, el pensamiento compulsivo y el autocontrol. Es una persona que se autotortura con una verborrea de gestalts inconclusas que le impiden experimentar el reposo entre la satisfacción de sus necesidades.

Pero, ¿qué hacer en terapia? en la sesión el terapeuta Gestalt apoya aquello en lo que originalmente nuestro cliente recibió frustración, creando un espacio de contención y legitimando la expresión genuina de sus necesidades. La mejora del cliente llega con la construcción de ese espacio de contención. Generar un espacio interior de contención también ayuda al cliente, no se trata de eliminar el dolor o modificarlo sino de sostenerlo y transitarlo para que, en el mejor de los casos, nuestro cliente pueda integrarlo. Lo que me ha resultado significativo es que la relajación o expresión del impulso o emoción retroflectado en si mismo no es suficiente, también hay que elaborar el conflicto y atender la otra parte de la polaridad, la que dice “no”, la energía que se opone en la misma intensidad y poder integrar ambas en el bien entendido que la parte que retroflecta también nos es útil como aprendizaje. Algo que ayuda en la retroflexión es aprender a dejarse caer en el entorno, pasar de ver un entorno necesitado o del que nos hemos de ocupar a un entorno que puede ocuparse de nosotros, una experiencia de confluir sanamente con el entorno.

La retroflexión también tiene una parte luminosa o intención positiva al ser una manera que utilizamos las personas para modular y contener nuestros impulsos, demorar su satisfacción para lograr un buen equilibrio en nuestro medio ambiente. Esta capacidad, como decía J. Kepner, es el sello distintivo de nuestra sociedad. 

Kepner, James I (1987). Proceso corporal. Un enfoque Gestalt para el trabajo corporal en psicoterapia. Editorial El Manual Moderno.

Gonzalez, Nurieta. Trastornos de ansiedad (trastornos del autoapoyo). Una Mirada gestáltica al mundo en el que vivimos. Revista de terapia gestalt nº 31 de 2011 de la AETG. Pág. 224-229.

Perls, Fritz, Hefferline, Ralph F. y Goodman, Paul. (1951). Terapia Gestalt: Excitación y crecimiento de la personalidad humana. (Volumen 1, 2ª parte, Capítulo 6.- La Retroflexión)

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